Después de una hora buscando setas sin apenas resultado, decidimos dejar la cesta y coger los bastones y enfilar rumbo a la Carrera del Caballo, cruce de camino distante unos siete kilómetros de donde nos encontrábamos.
No había setas y no sería por falta de humedad pues el suelo rezumaba agua y corrían arroyos por todos los rincones.
Lo que si hubo, como siempre, fue una buena comida en un restaurante de lujo, después de rechazar uno en el que nos pusieron hasta las sillas.